Sentían la libertad a flor de piel, los pies sin estribos, desde el despegue del avión, los inundaba una suerte de ingravidez…
Colgó el teléfono sabiendo que esa idea que había llegado a su mente como muchas otras, iba invadir el resto de su tarde o tal vez su vida entera. El día era distinto, el sol brillaba en la ventana, el café estaba recién hecho, y su madre, quien había venido de visita lo miraba expectante. Su cara ante el espejo no reveló el entusiasmo, de solo imaginar lo que había escuchado su pulso se aceleró como si hubiera visto el futuro, imaginó una gran montaña nevada, un desierto y un rio.
“Ven a Buenos Aires y nos devolvemos por tierra”, fue la propuesta al otro lado de la línea, no lo dudo ni un segundo, las palabras retumbaron en él como un rayo que abrió la tierra. Unos meses después de aquella decisión inmediata, a la que solo un sí había como respuesta, empacó la maleta de viaje sin saber que la mitad de las cosas en ella buscarían otro rumbo.
Fragmento del libro “Viajes Espaciales“